La Hostelería Calpina tras la Guerra Civil

 

“...Calpe sin colonia de veraneantes regocijados y orfeónicos. ¡Gracias a Dios, sin turismo!...El veraneante que se aburre apetece el grupo; se origina la colonia; querencia inflamada de los lugares; prurito de mejorarlos. El campo se trueca en arrabal y patio, en un número de programas de festejos estivales. Si además hubiera ruinas, más o menos gloriosas, el excursionista aconsejará el derribo, el aprovechamiento o hasta las restauraciones. El excursionista se complace en una parcela de campo a costa del paisaje...”.
GABRIEL MIRÓ. Calpe. Excursionismo. “Años y Leguas”. 1927.

 Desde las primeras décadas de nuestro siglo, la belleza y la luz del entorno calpino habían atraído la atención y la devoción de los pocos y privilegiados viajeros y visitantes que se acercaban a nuestra costa para disfrutar de una jornada de tranquilidad, paseo y gastronomía marinera. Esta escasa afluencia de turistas, que raramente pernoctaban en la villa, promovió la apertura de pequeños negocios donde se ofrecían sencillas comidas para agasajar a los huéspedes, con buen vino y un exquisito pescado, en un ambiente familiar y acogedor.

Terminada nuestra Guerra Civil la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes, a través de diferentes circulares, interviene en las normas que deben de regir el régimen de comidas de los establecimientos hosteleros. La delegación sindical local queda responsabilizada  del fiel cumplimiento de una reglamentación restrictiva, dadas la difícil situación de avituallamiento, y la necesidad de establecer un control de precios y servicios por parte del aparato burocrático del nuevo sistema político.

La Comisaría prohíbe la ostentación en escaparates de alimentos que, por su presentación, pueda suponer un “alarde de abundancia”; o el asado, freiduría y cocido de los mismos ante los “ojos del público de la calle”. Los platos que contengan carne quedan restringidos a uno o dos días por semana, dependiendo que existan, en la segunda jornada, sobras del primero. Queda también prohibido el servicio de platos o tapas de “pájaros”,  mantequilla, y el consumo de huevos se restringe a uno por persona y día. 

Se suprimen las cartas en los establecimientos en que se sirvan comidas, sustituyéndolas por un menú que consistirá en dos platos, con cuatro especialidades a elegir, y un postre. La normativa incide en la calidad de los platos, y con referencia a los artículos de lujo, determina que se podrán ofrecer si éstos no alteran los precios. El pan queda racionado.

Las minutas contemplan unos precios máximos, que oscilan desde las 38 pesetas en los establecimientos de lujo, hasta las 8, en restaurantes económicos, figones y bodegones. Si el cliente se contenta con un solo plato, abonará el 60 por cien de la tarifa. La taza de café se sirve con un único terrón de azúcar que no sobrepasa los 5 gramos.

Los bocadillos, fritos y guisos, quedan terminantemente prohibidos, lo que a buen seguro afectaría a los establecimientos que careciesen de espacio para comedor. Muy probablemente, esta orden sería ignorada en los bares, donde pequeñas tapas serían fáciles de obtener.

En estos años de dificultad y privación los pocos establecimientos calpinos afectados por las directrices superiores son la Fonda Querol, la Posada de Benitet, el Parador de Ifach, el Bar Buenas Sombra, el Bar Baydal, la Venta la Chata y la Posada del “Violí”. A los efectos, los propietarios realizan declaraciones firmadas de las condiciones de explotación del negocio, haciendo constancia de los servicios que ofrece, precios y condiciones.

La Fonda Querol, situada en la calle del Mar, es regentada por Joaquina Pastor Roselló, quien la dirige auxiliada por una empleada. La capacidad es de cinco habitaciones, y el precio de pernocta oscila entre las 8 y las 5 pesetas. Ofrece un menú con un precio por cubierto de 8 pesetas, en un comedor para 20 plazas. La media diaria de comidas servidas durante una jornada asciende a 6, incluyendo los desayunos, almuerzos y cenas. Cuenta en estos años con 16 clientes habituales. De pequeñas dimensiones, famosa por su bella terraza abierta a las vistas de la bahía, fue inaugurada en los últimos años del siglo XIX por el arriero, suministrador de petróleo para la población, Antonio Querol Boronat (1864), casado con Joaquina Pastor, quienes comenzaron a explotar el negocio como Casino. En la época era el establecimiento local que ofrecía comidas para celebraciones especiales. Así, en Marzo de 1903, acoge la visita del diputado liberal, don Baldomero Vega de Seoane, huésped del alcalde don Felipe Jorro, en su periplo por la comarca. Viuda y sin prole, la tía “Xoxima”, mantuvo la fonda abierta hasta su vejez. Durante muchos años contó con clientes de sobresaliente trayectoria en el mundo de las artes y las letras.

La Posada de Benitet, localizada en la calle José Antonio, es propiedad de José Bertomeu Avargues “Benitet”, y cuenta con tres empleados. El número de habitaciones asciende a 5, con 10 plazas de comedor. Los precios, habitación-noche, varía entre las 30 y las 20 pesetas. El comedor ofrece comidas por 12 pesetas el menú, a una media de seis comensales diarios durante los distintos servicios. La finca donde se ubicaba, antiguamente con el número 9 de la calle Calvario, era una de las casas más amplias del pueblo, y  había sido adquirida por el dueño por herencia de su padre, el que fuera alguacil de Calpe, José Bertomeu Oriola. Reconvertida en hospedería, era explotada por “Benitet” que al mismo tiempo ejercía su profesión de carnicero. La posada debió ser inaugurada sobre los años treinta del pasado siglo, pocos años después del regreso de José Bertomeu de Norteamérica, tras una breve estancia en búsqueda de trabajo.

El Parador de Ifach encabeza el sector hostelero calpino con sus modernas instalaciones y su magnífica posición junto al mar. Incluido en la clase de Hotel-restorán, cuenta con una capacidad de 29 habitaciones y 100 plazas de comedor. Es regentado por la sociedad de Manuel Giner Ivars y Antonio García Sapena que emplean a 13 trabajadores. Los precios de las habitaciones oscilan entre las 60 y las 35 pesetas por noche, y el precio del cubierto es de 15 pesetas. Diariamente comen unos 65 clientes, de los 200 habituales, en los distintos horarios de comedor. Se encuentra el establecimiento afectado por la reglamentación de banquetes, que prohíbe el servicio que no se ajuste a las condiciones expuestas en cuanto a menú y precios.

El Parador de Ifach marca un hito en la historia de la hostelería provincial, y su tradición se mantiene intacta hasta nuestros días. En Mayo de 1935 queda inaugurado con doce habitaciones, tras edificarse sobre tierras del labrador Juan Ronda “Babós”, quien había segregado y vendido el solar a la sociedad pocos años antes. Es innumerable la nómina de personalidades que fueron clientes del hotel durante décadas, atraídos por el bellísimo entorno y el tipismo de la tierra y sus gentes. Su nivel de precios y ambiente selecto mantenía a los vecinos de la localidad alejados de sus servicios y dependencias.

Años más tarde se deshace la sociedad entra García y Giner. El segundo se dedica a la gestión de la popular Venta la Chata, propiedad de su esposa, Francisca Cabrera Bañuls, y  el primero adquiere la titularidad total del hotel.

En Febrero de 1952, Antonio García Sapena, ante la buena marcha del negocio y, ya experimentado en la industria hostelera, compra el Hotel Miramar, en las inmediaciones del Parador. El vendedor, Andrés Bertomeu Ivars, recibe la cantidad de quinientas ochenta mil pesetas, de las cuales ciento cincuenta mil corresponden al mobiliario. El hotel se encuentra enclavado en un solar de 830 m2 y cuenta con una superficie construida de 2.500 m2.

El Bar Buena Sombra, situado en las inmediaciones del Peñón de Ifach, se encuentra calificado como fonda-restorán. Propiedad de Miguel Maurí Escoda, “Miguel del Tercio”, emplea a tres mujeres en el establecimiento. En la época ofrece comidas, en una zona de comedor de 40 personas, y el precio de cubierto es de 10 pesetas.

En las proximidades del bar, Miguel ofrece acomodo en 18 habitaciones, con unos precios que oscilan entre 30 y 20 pesetas la noche. El Buena Sombra realiza unos quince servicios diarios. Baydal, en el puerto de Calpe, sirve algunas comidas en forma de tapas, pero por sus reducidas dimensiones no cuenta con servicio de comedor. El propietario, a efectos de aprovisionamiento de café y azúcar, declara servir diariamente 25 cafés solos, 10 con leche y cinco vasos de leche.

A partir de los años 50, son distintos los industriales, mayormente de origen foráneo, que abren nuevos establecimientos en nuestra localidad, Hotel Hipocampos, Las Salinas, animados por la mejora de la economía nacional y las nuevas perspectivas que ofrece el turismo vacacional. Quizá el proyecto más ambicioso, sin duda, es el promovido por el valenciano Don José Más Capó, en las faldas del Peñón de Ifach, establecimiento que finalmente no llegó a ver la luz. Adquirido el paraje a los anteriores propietarios, la familia París, por un millón seiscientas mil pesetas, el nuevo dueño levanta una enorme estructura de hormigón que contendrá las dependencias del futuro “Gran Hotel Peñón”, para lo que acude a financiación privada.

El establecimiento cuenta con una superficie a edificar de 5.837 m2, distribuidos en sótanos, planta baja y tres alturas. El número de habitaciones asciende a 95, diseñadas para albergar a 190 huéspedes. El complejo se proyecta equipado con salones, salas, pistas de baile, piscinas y otros servicios propios de un hotel de lujo. Las dificultades económicas del promotor abortan la iniciativa, y queda, durante décadas, como parte de la estampa de la Roca, la poco agradable presencia del esqueleto de hormigón, hasta su voladura controlada a finales de los años 80.

José Luis Luri Prieto