Vicente Buigues Ferrando

Nace nuestro protagonista en 1860 en el seno de una familia de labradores y pescadores en la pequeña población de Moraira en el termino municipal de Teulada. Desde muy niño siente una gran afición por las cosas de la mar y en su juventud aprende el oficio de calafate. Ya casado enferma de fiebres terciarias muy comunes en esta zona  donde proliferaban los mosquitos anofeles en las charcas de agua dulce, sobre todo en las acequias y los restos de balsas de unas antiguas salinas del llano de Ifach. Alguien les dijo de hacer un cambio de aires y de llevar al joven matrimonio a Cabo de Palos, cerca de Cartagena donde el clima era muy sano y donde nadie tomaba medicamentos. En 1885 llega Vicente y su esposa Jacinta Vives a Cabo de Palos que por aquel entonces era un lugar casi desértico, compran una finca y embarcaciones con la esperanza de que pronto podría trabajar sus tierras o la mar. Así fue en efecto, curó de su larga enfermedad y con la salud le vino la actividad y empezó trabajar sus tierras.

  Vicente y Jacinta tuvieron la desgracia de que se primer hijo al que llamaron José falleciera al poco tiempo. Tuvieron cinco hijos más; José, Vicente, Hermenegildo, Antonio y Josefa . Nos contó su hijo Vicente (en 1981) que “ como la distancia entre Cabo de Palos y Oran en Argelia, es poca –sólo 110 millas- muchos pescadores del pueblo se dedicaban al contrabando de tabaco en sus pequeñas embarcaciones. Su padre vio que este tráfico no iba contra los intereses del Estado, sino contra un monopolio ilegal democráticamente, por lo que también se dedicó a este tráfico lucrativo, aunque expuesto. Algunos años después cuando se había repuesto económicamente adquirió un velero el Joven Miguel para hacer el tráfico de cabotaje entre los puertos españoles y africanos”.

El día 4 de Agosto de 1906 sobre las 5 de la tarde en  uno de aquellos viajes, navegaban el  pailebote Joven Miguel patroneado por Vicente Buigues y el falucho Joven Vicente al mando de  Juan Bautista Buigues, primo de Vicente,  les pasó el trasatlántico italiano Sirio que hacía la ruta Génova- Buenos Aires y que según comento el propio Vicente “ navegaba a un rumbo extraño, y su capitán debía ser un idiota o un marino de una habilidad extraordinaria”, al navegar por aquella zona a la velocidad que lo hacía (más de 15 nudos) siendo que era un lugar muy peligroso debido a multitud de bajos, especialmente el llamado de las Hormigas, con sólo 3 metros en su parte menos sumergida.

A los pocos minutos un ensordecedor crujido desgarró el casco del Sirio,  que quedó inclinado con la proa elevada sobre la superficie, tambaleándose varado sobre la cima del bajo, mientras su popa, el área donde se encontraba el pasaje de 1ª clase, iba  hundiéndose poco a poco. En poco tiempo tan sólo un tercio de la nave -el puente, las dos chimeneas y la cubierta de proa- sobresalían del agua. Tras la conmoción inicial, el pánico se apoderó de pasajeros y tripulación, algo comprensible si se tiene en cuenta que a principios de siglo pocas eran las personas que sabían nadar, y los buques de pasajeros contaban con un reducido número de botes salvavidas, insuficientes para  garantizar la evacuación de una nave sobrecargada de  pasajeros. Los gritos de socorro y de dolor entre los  angustiados pasajeros, gran parte compuesto por mujeres y niños, inundaron aquella apacible tarde de verano.  

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La nave quedó escorada a estribor, lo que dificultó las tareas de arriado de los botes salvavidas. Muchos pasajeros de la cubierta de popa quedaron atrapados bajo el  toldo que les protegía del sol, en una especie de red que les arrastró bajo el agua. La tripulación fue incapaz de controlar la situación en todo momento y abandonó al pasaje a su suerte, lo que provocó  escenas dantescas en lucha por la supervivencia. Incluso  algunos miembros llegaron a quitarse el uniforme antes de  abandonar la nave para pasar desapercibidos entre el pasaje. 

El naufragio fue presenciado por varios buques mercantes  -pues se trataba de una zona muy transitada por el tráfico marítimo- como el navío francés Poitien que negaron auxilio al Sirio por miedo a varar sus naves al aproximarse. Otros como  el vapor italiano Umbría y el español Mª Luisa optaron por  enviar botes para recoger a los náufragos.

 Vicente Buigues tuvo sus más y sus menos con su tripulación (todos parientes suyos, por cierto). Según se iban acercando al Sirio podían observar el caos y las escenas de pánico que se desarrollaban. En torno a la proa del trasatlántico chapoteaban docenas de personas que  habían sido empujadas al mar por la muchedumbre aterrada. Entre el  griterío, de cuando en cuando, se escuchaba el ruido seco de algún disparo. Ya hacía algún tiempo que había dejado de sonar el silbo de vapor del buque dando la alarma por lo que los sonidos de la tragedia  llegaban de forma nítida hasta los oídos de los marineros alicantinos.  

Tras media hora de tensa navegación, Buigues colocó su pailebote  paralelo al casco del Sirio y como a unos quince metros de distancia. En la borda del buque naufragado cientos de personas alargaban sus brazos hacia ellos y suplicaban ayuda en media docena de idiomas distintos. Algunos se lanzaban al mar e intentaban alcanzar al joven Miguel a nado.  Desoyendo las advertencias de uno de sus hijos, Vicente Buigues arrió un bote y se acercó al Sirio para comenzar a transbordar a los náufragos.  Inmediatamente éstos abordaron el pequeño chinchorro y lo hicieron volcar. Vicente consiguió alcanzar a nado con muchos esfuerzos su  pailebote dejando que las personas que había en el agua se agarrasen al bote volcado para así tener al menos una posibilidad de salvación. Ante  el cariz que estaba tomando la situación el patrón alicantino optó por una acción desesperada: simplemente abordó al Sirio con la proa del Joven Miguel. El bauprés del pequeño velero (el palo que llevan a proa los buques de vela y que se proyecta hacia afuera como una prolongación del barco) se empotró entre la borda del trasatlántico italiano y las estructuras metálicas del puente de mando. Uno de los estays (cabo que soporta longitudinalmente el palo de proa, trinquete, en los buques de vela) se partió debido a la fricción y como un latigazo barrió la cubierta de proa del Sirio hiriendo a varios pasajeros.  Al principio varios hombres saltaron desde la cubierta del buque embarrancado hacia la amura del Joven Miguel. Algunos consiguieron asirse a la borda del velero y ser izados a cubierta mientras que otros resultaron aplastados por la proa que rozaba continuamente contra la cubierta del Sirio. Buigues debió interponerse entre los pasajeros y la borda del buque para evitar nuevas desgracias. Con muchos esfuerzos consiguió evacuar ordenadamente el Sirio haciendo que los pasajeros abordasen al Joven Miguel a través del palo bauprés que cumplió su cometido como un pequeño puente hacia la salvación. Contrariamente a la  famosa regla de "las mujeres y los niños primero" fueron los hombres en esta ocasión quienes primero lograron salvarse del naufragio.  Las mujeres tuvieron que ser pasadas una a una por Buigues a bordo del  pailebote ya que el hecho de pasar solas a lo largo del bauprés las aterrorizaba.  

En total, Buigues y la tripulación del Joven Miguel consiguieron salvar aquella tarde a más de 250 personas que desembarcaron en Cartagena. Juan Bautista Buigues, primo de Vicente y patrón del falucho Joven Vicente, consiguió también salvar a más de un centenar de náufragos.

El Sirio permaneció 16 días varado sobre la cima del Bajo de  Fuera, hasta desaparecer completamente el 21 de agosto de 1906. Si  la tripulación hubiese actuado con calma y profesionalidad, hubiese  permitido evacuar al pasaje con calma, con la consiguiente reducción en pérdida de vidas.

Algunos testimonios históricos de supervivientes, como el de Augusto Fioretti, relatan como tuvo que luchar por  un chaleco salvavidas y vio, con sus propios ojos, como un  hombre, preso del pánico, se suicidaba con un revolver tras  besar una carta. Otros testimonios hablan de disparos a bordo y luchas por apoderarse de cualquier objeto que flotara entre los pasajeros  que no sabían nadar En esta época, muchos pasajeros iban armados, algo  lógico si tenemos en cuenta que se disponían a viajar al continente americano portando todas sus pertenencias, y que en aquella época era una costumbre extendida.

 Entre el pasaje viajaban muchas personalidades ricas  y célebres, como la famosa cantante de zarzuelas Lola Millanes. Testigos presenciales cuentan que pidió un revolver  para suicidarse, aunque finalmente no tuvo tiempo material y pereció ahogada, recuperándose su cadáver días más tarde  arrastrado por las fuertes corrientes en la localidad  alicantina de Torrevieja. El Obispo de San Pablo de Brasil, también falleció en el naufragio.

Entre los personajes famosos que se salvaron destacan, Monseñor Marcondes, Arzobispo de Para (Brasil);  Leopoldo Politzer, Cónsul austriaco en Río de Janeiro; T.  Eberna, director de ópera; el famoso tenor Maristany; el  maestro Hermoso, director de la banda de música del Hospicio de Madrid y el famoso médico italiano Franza .

 El Joven Miguel, el barco con el que Vicente Buigues salvó la vida a  tantas personas entró a reparar en el Arsenal de Cartagena por orden  del capitán general ya que quedó muy dañado tras su heroica hazaña.

Vicente a los 46 años

Vicente Buigues fue condecorado por los gobiernos de España e Italia con la Cruz del Mérito Naval con Distintivo Rojo y con la Medalla de Oro de Salvamento de Náufragos. El propio rey Alfonso XIII le recibió en audiencia en el Palacio Real de donde surgió una amistad personal que perduró en el tiempo. A este respecto, años más tarde encontrándose Vicente en el puerto de Valencia, el Rey realizó una visita a este lugar y al ver Vicente el revuelo que se originó, pregunto que pasaba y al enterarse que era el Rey, saltó el cordón de seguridad con la intención de saludarlo, y casi fue arrestado por las fuerzas del orden.

El Joven Miguel acabó sus días al ser abordado por el acorazado Pelayo durante uno de sus viajes cargado con petróleo refinado procedente de Argel.  Según contó el propio Vicente, el comandante del Pelayo le dio 20 “duros” y le dijo, toma Buigues para que des de comer a tu familia y con la condición de que no hagas más contrabando. Y  el “ti Vicent” le contesto; con estos 20 duros volveré a empezar. Y es que Vicente Buigues a raíz del salvamento del Sirio tenía un bien ganado prestigio entre los  marinos militares. De hecho dos de sus hijos, Pepe y Vicente, ingresaron posteriormente en la marina militar.

Una de las actividades que desarrolla paralelamente a la navegación fue la salinera con la explotación de la sal en Cabo de Palos, más tarde compró unos terrenos en Canet de Berenguer en Castellón donde su hijo Antonio se encargó de construir una nueva salina y que en 1934 aproximadamente vendieron a Salinera Catalana y donde Antonio pasó a administrar las salinas del Alted en Alicante.  

Más adelante nos sigue contando su hijo Vicente....”Habían pasado veintitantos  años de la salida de la comarca donde se había criado y le había sacado la malaria, no obstante no había olvidado su zona de nacimiento. Con intención de volver hizo pregunta sobre como se podrían desterrar las terciarias de un lugar. Le dijeron que inundando las tierras pantanosas con agua del mar y haciéndola circular, no se criarían los mosquitos. Dado el cariño que tenía a Calpe concibió la idea de vender las tierras que sus padres le habían comprado, más todo lo que había adquirido el, para volver a Calpe dispuesto a luchar por desterrar la enfermedad palúdica que se había hecho endémica en el lugar de su nacimiento y sus alrededores. En 1917 compra las tierras donde radicaba el foco de la enfermedad, (ver artículo Salinas) el llano de la fosa de Ifach, puso maquinaria en la orilla del mar, en lo que ahora llaman Cala de la salina, para elevar el agua hasta lo más alto del lodazar matando así las larvas de los mosquitos propagadores de la enfermedad endémica de la zona. Pronto empezó a notarse la mejoría en los afectados del terrible mal, con gran satisfacción de mi padre, que pudo saber que las victimas del mal sanaban gracias a el”.

Habiendo fallecido su esposa Jacinta contrae matrimonio con una viuda de Cartagena llamada Carmen.

Nuevamente viudo, vuelve a casarse por tercera vez con Isabel Bellón, también de Cartagena. Siempre se ha dicho que el ti Vicent fue en bicicleta a ver a su última mujer ( Isabel) a Cartagena cuando contaba casi 70 años de edad. Hemos podido confirmar de boca de uno de sus nietos que el único viaje realizado por su abuelo a Cartagena y en bicicleta fue a finales de 1936, cuando le llegó la noticia de que las fuerzas republicanas habían apresado a su hijo Vicente que ingreso en 1933 en la marina militar y estaba  destinado en la vigilancia de la pesca. La razón de ir en bicicleta no fue  otra que la de pasar  los numerosos controles más fácilmente. Finalmente, pudo traerse a su hijo sano y salvo.

Vicente hombre polifacético donde los haya, tenia un largo bagaje de experiencias de todo tipo y una que podríamos calificar de “curiosa” era la habilidad que se le atribuía de “cortar” las mangas de los tornados, habilidad que había adquirido de sus tiempos de navegante. Las mangas de tornados eran bastante habituales en aquellos años, por esta zona solían salir desde el cabo de Moraira y se internaban en el mar. Pues bien, la gente decía por Calpe que el “ti Marguí tallava les maneges” y por eso le daban las culpas en las épocas que no llovía. Vicente conocía la oración y con unas simples tijeras hacía el ademán de cortarlas sobre el horizonte al mismo tiempo que rezaba una oración y claro como a el no le interesaba que lloviera porque se estropeaba la cosecha de la sal, la gente le atribuía la escasez de las lluvias.

Tenía don Vicente una criada ( Pepa el Zurdo)  que le llevaba el almuerzo a la salina, dicho almuerzo consistía en un tazón de sopas de leche y pan, como le molestaba la dentadura postiza se la quitaba, e igual la dejaba en el suelo y las más de las veces no sabía donde la había dejado.

Iba este hombre excepcional las más de las veces descalzo o con unas simples alpargatas, debido a ello tenía los dedos de los pies completamente abiertos.

En cierta ocasión,  cuando la expulsión del Rey Alfonso XIII, se encontraban don Vicente y mi padre arreglando un "tablacho" y se puso a llorar, mi padre le preguntó; "ti Vicent que li pasa, per que plora?" el le contestó. Hay Pepet  tu todavía no entiendes de esto, pero han expulsado al Rey de España y esto nos traerá mucha sangre y desgracia. El se consideraba amigo personal del Rey y además tenía una gran visión política de lo que podía suceder a partir de aquel momento.

 

 Andrés Ortolá Tomás